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Parece
ser una característica de las reuniones de testimonio de los
meses de diciembre y enero que escuchemos a muchos miembros hacer
mención de ellas en sus testimonios como "la última
reunión" o "la primera reunión" del año,
según se trate. Entonces llega el momento de hablar de evaluaciones
y metas.
Lamentablemente, en muchas ocasiones, estas metas no pasan de ser
una simple expresión de deseos, que, aunque sinceros, pasados
los festejos y con el transcurrir de los días, pasan al olvido
y el futuro nos sorprende sin estar firmes sosteniendo el timón
de nuestras vidas.
El
2 de enero de 1891, el élder John A. Widtsoe, siendo en ese
entonces un joven emigrante noruego de 19 años, se sentó
en su casa de Logan, Utah, y escribió lo siguiente:
"Me he dado cuenta de que soy tan débil como los demás
mortales, tal vez más que la mayoría; y comprendo que
sólo es feliz el que tiene un corazón puro, la conciencia
tranquila, ama a Dios y obedece Sus mandamientos. También pienso
que la felicidad en la vejez consiste en mirar hacia atrás
y no hallar pecados graves, pero sí en haber tenido el valor
de satisfacer los deseos más nobles del alma humana. Y como
sé que mi vida no ha sido hasta ahora como me hubiera gustado
que fuese, me fijo estas normas de conducta basándome en las
cuales trataré de conducirme, y deseo que el Señor Todopoderoso
me ayude en esta empresa." |
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Elder
John A. Widtsoe (1872 - 1952) |
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Entonces
escribió las siguientes diecisiete resoluciones que, ocho meses
más tarde, pasó en limpio en su diario personal:
Resuelvo:
Primero: Que la religión , la ciencia de las ciencias, será
la primera preocupación de mi vida.
Segundo: Que diariamente oraré a Dios.
Tercero: Que todos los días meditaré acerca de Dios
y sus atributos, y trataré de ser como Él.
Cuarto: Que aceptaré y recibiré luz, sabiduría
y conocimiento, no importa dónde o cuándo se me ofrezca.
Quinto: Que nunca me avergonzaré de confesar mi religión,
creencias y principios, una vez que me convenza de su veracidad.
Sexto: Que no perderé el tiempo, sino que trataré de
usarlo con sabiduría.
Séptimo: Que seré moderado en el comer y en el beber.
Octavo: Que nunca haré nada que no haría si ésta
fuera la última hora de mi vida.
Noveno: Que leeré a diario la palabra de Dios para poder conocer
su voluntad y ser confortado, fortalecido y animado.
Décimo: que cuando hable no diré nada más que
la pura y simple verdad. |
Undécimo:
Que siempre haré lo que creo que es mi deber y lo que sea para
beneficio de mis semejantes.
Duodécimo: Que viviré plenamente mientras esté
en este mundo, para no ser un muerto viviente. |
Decimotercero:
Que nunca trataré de imponer mi opinión a otras personas
con mis palabras ni hechos, sino que simplemente diré lo que
pienso.
Decimocuarto: Que procuraré superar el hábito del mal
genio, el hablar a gritos, los gestos impacientes, o cualquier cosa
que pueda ofender a mis semejantes y herirme a mí mismo.
Decimoquinto: Que nunca olvidaré el deber que tengo para con
mi madre, pues ella me ha dado la vida y le debo lo que soy y lo que
seré más adelante. Ella ha pasado gran parte de su vida
beneficiándome y le debo respeto, honor y todo el afecto que
me sea posible dar. Que siempre recordaré mi responsabilidad
de cuidar a mi hermano menor, y la que tengo para con mis amigos y
familiares.
Decimosexto: Que completaré todos los trabajos que empiece;
que consideraré cuidadosamente el propósito y los resultados
de cualquier tarea antes de empezar a hacerla.
Decimoséptimo: que siempre recordaré que los hombres
y mujeres a quienes encuentro en mi camino son en realidad mis hermanos,
y que primero sacaré la viga de mi ojo antes de tratar de sacar
la paja del ojo de mi hermano. |
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| John
A. Widtsoe vivía con su madre viuda y su hermano menor en una
casa humilde; habían llegado de Noruega en 1884. Luego de muchos
sacrificios para costear sus estudios, obtuvo el título de
Bachiller en Ciencias en la Universidad de Harvard y en 1898 se casó
con Leah Dunford. Gracias a sus esfuerzos por cumplir con su código
de conducta, obtuvo importantes éxitos personales, académicos
y científicos. En 1921 fue llamado por el Presidente Heber
J. Grant para ser un miembro del Quórum de los Doce. |
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Un año nuevo suele
ser un mojón en nuestras vidas, con la capacidad de
renovar nuestras fuerzas, hacer cambios y llenarnos de esperanzas |
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Termina
un año y comienza otro; es una fecha en que hablamos de evaluaciones,
proyectos y metas. Bien haríamos en resolver firmemente el
camino que seguirá nuestra vida, teniendo en cuenta el consejo
de Pablo: "Yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero
una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás,
y extendiéndome a lo que está adelante, prosigo a
la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús."
(Filipenses 3:13-14)
El tiempo pasado puede haber sido bueno, regular o malo; haber estado
marcado por pruebas y dificultades. Puede ser que los errores nos
hallan provocado angustia y dolor o que las caídas nos hallan
dejado débiles y desanimados. Tal vez haya cosas de las que
debamos arrepentirnos, sea que se trate de cosas malas que hicimos
o buenas que dejamos de hacer. Pero nadie sino nosotros tiene el
poder de decidir y hacer un cambio o ajuste de rumbo.
Aun cuando este proceso podemos hacerlo en cualquier época
del año, la llegada de un año nuevo suele ser un mojón
en nuestras vidas, con la capacidad de renovar nuestras fuerzas,
hacer cambios y llenarnos de esperanzas. Es una excelente oportunidad
de seguir el ejemplo de John A. Widtsoe y registrar en forma específica
y escrita cuáles serán las pautas que fijarán
nuestra conducta durante los próximos años. Nuestro
éxito no depende del azar, ni de los demás, sino de
nosotros mismos, de nuestras decisiones. Y el éxito verdadero
y eterno requiere estar centrado en el Plan de Salvación
y en Jesucristo. Con la visión de nuestro propósito
podremos decidir correctamente el rumbo a seguir; con Jesucristo
como modelo, amigo y consejero, tendremos las fuerzas para hacer
los cambios que los ajustes requieran.
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Termina
un año y comienza otro. El deseo común es "Felicidades",
y concuerda con el propósito de nuestra existencia: "existen
los hombres para que tengan gozo" (2 Nefi 2:25). Somos responsables
de cumplir con ese mandamiento.
Aprovechemos esta época que, de alguna manera, nos renueva
el alma y nos llena de esperanza, y resolvamos hacerlo. |
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Estilo SUD, 27 diciembre
2008 |
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