| |
Pensar en María
Por Karina Michalek de Salvioli
|
|
Durante
estas semanas no pude dejar de pensar en que una joven madre, como
lo era María, habría tenido los mismos temores y sufrido
los mismos dolores que cualquier otra madre sobre la tierra. No me
resulta difícil imaginar sus incertidumbres, sus dudas y los
muchos testimonios que habrá obtenido a lo largo de la crianza
de ese Niño tan especial.
Ella, una jovencita creyente de las profecías, que entendía
el significado de las palabras del mensajero celestial, estaba dispuesta
a cumplir su papel en la historia de la humanidad. “He aquí
la sierva del Señor”- respondió al mensaje del
ángel, con firmeza.
Pero como toda madre primeriza necesitaba la ayuda de otra mujer que
pudiera comprender su situación sin juzgar, ni dudar de su
lealtad a las leyes de Dios. Alguien que pasaba por una experiencia
semejante era la única capaz de cumplir ese papel.
|
|
| Su
prima, Elisabet, sabía que el mensaje recibido por María
y la situación física en la que ella se encontraba eran
suficiente prueba de su sinceridad. La percepción espiritual
de Elisabet, tan sensible, fue como un bálsamo para la sorprendida
jovencita. Las preguntas que ambas se habrán hecho por sus
situaciones tan particulares, una sería madre en su vejez y
la otra, madre sin conocer varón, no necesitaban otra respuesta
que la que el mismo mensajero le dio a María “ninguna
cosa es imposible para Dios”. Los tres meses que compartieron
fueron suficientes para que María exclamara “Engrandece
mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija”. |
 |
¡Cuántas
cosas debía aprender en esos largos días respecto a
lo que le sucedería!
Su cuerpo estaba soportando cambios físicos que también
provocarían cambios emocionales. Prepararse para cuidar al
pequeño bebé sería su gran preocupación.
¿Cómo cumplir su papel de Madre del Hijo de Dios sin
defraudar a nadie?
Su propia relación con José sería particular,
ambos entendían que sus papeles de padres se verían
afectados por la responsabilidad de criar nada menos que al Cristo
que salvaría al pueblo. |
El viaje en burro
hasta Belén debe haberle resultado más extenuante que
de costumbre, con su enorme panza, con dolor de cintura y seguramente
con sus piernas hinchadas. Con extraños dolores que anunciaban
la cercanía del momento. Aún sin saber que estos serían
luego más fuertes.
Cuando el tiempo llegó, lejos de sus amigas con experiencia,
sin su propia madre cerca para alentarla, el profundo amor de José
fue suficiente para sostenerla en la noche oscura.
Cuando sintió que su propio corazón podía llegar
a partirse de dolor, la emoción de ver a ese diminuto ser que
se escurría entre sus brazos calmó sus dudas. El escuchar
de labios del propio José, el nombre por el cual serían
llamado el bebé le habrá confirmado que él también
aceptaba la responsabilidad de criarlo y cuidarlo. José entendía
que era el Hijo de Dios, y no dudó en obedecer las palabras
del ángel. |
Los pastores
que buscaron en Belén a ese bebé fueron quienes le
confirmaron de manera contundente que el fruto de su vientre era
más importante que su propia vida.
¿Mensajeros celestiales cantaron a humildes pastores que
el Salvador estaba sobre la tierra? ¿Cómo temer con
tantas experiencias espirituales? “… ha mirado la
humilde condición de su sierva; …me ha hecho grandes
cosas el Poderoso”, resuenan sus palabras como su fiel
testimonio del Padre.
|
| La presentación
en el templo, una celebración familiar e íntima, no
fue sino una hermosa experiencia espiritual para esa madre primeriza.
Las palabras de Simeón guiado por el Espíritu Santo,
maravillaron a esos padres que empezaban a vislumbrar que no sólo
ellos sabían de la divinidad de la criatura. Ana, quien servía
en el templo, tampoco pudo evitar compartir su testimonio con la joven
mujer elegida por su virtud y fidelidad. |
| Sin
saber qué pasaría en el futuro, María fue guardando
en su corazón todas esas cosas. Las palabras de pastores
y sabios, los sentimientos compartidos de personas escogidas, las
impresiones del espíritu en medio del dolor o del gozo, fueron
las gotas de aceite que llenaron su lámpara. Las mismas que
seguramente, años después, alumbraron su corazón
y la sostuvieron cuando el día oscureció y la tierra
se movió a sus pies en la experiencia más desgarradora
de una mujer, la de sobrevivir a un hijo. |
Comentarios
Si querés enviar tu comentario
sobre este artículo, envíalo por mail a comentarios@estilosud.com,
haciendo referencia en el Asunto al artículo |
| |
| |
Estilo SUD, 19 de
diciembre de 2009 |
|
|
|